Ocio y Desarrollo
Patricia Díaz-Inostroza*

No es casual que las personas confundan el término ocio con ociosidad. El tiempo libre, al menos en nuestro país, carece de importancia en la actualidad. Se le considera “tiempo perdido”. Se le señala como espacio vacío que inspira improductividad. Si se dispone de tiempo “libre” hay que aprovecharlo y hacerlo rentable, parece ser el pensamiento de toda persona seria y responsable que aspira a un “buen pasar”. En los últimos tiempos y debido en gran parte a la hegemonía de las ciencias económicas en la organización social se ha desvalorizado el ocio como factor esencial de la vida humana.


¿Qué es el ocio?

Generalmente se le utiliza como sinónimo de tiempo libre y por extensión, descanso. El Diccionario de la Lengua Española le señala como “Cesación del trabajo, inacción o total omisión de la actividad”.

Quienes afirman que vivimos una civilización del ocio precedida por la Sociedad de Consumo, le describen como la libre elección que se tiene del tiempo propio, y por ende, tiempo libre del que se dispone para hacer actividades de predilección (Marcel Hicker:1967). “El ocio pide la liberación del hombre de sus funciones sociales y de las actividades fuera del trabajo, en un estado de espíritu de vacaciones.

El ocio es un estado propicio para el cumplimiento de actos gratuitos.” (Josef Piper: 1967). “El ocio se presenta como un conjunto de ocupaciones en los que el individuo se puede dedicar voluntariamente ya para divertirse, ya para desarrollar su información o su formación desinteresada, su participación social voluntaria o su libre capacidad creadora después de estar desligado de sus obligaciones profesionales, familiares y sociales” (Jofree Dumazedier:1967). Esta última definición es la que más acerca a lo intentamos dilucidar.

En el apogeo de la civilización griega, de donde emergen las bases de nuestra cultura occidental, la gente de libre disposición eligió utilizar el ocio en primer lugar para fines cívicos y al mismo tiempo para la realización personal por medio del estudio de la filosofía, de las letras y del contacto con las artes. En esa época, entonces, los ciudadanos libremente dedicaban su tiempo a ocupaciones estudiosas y a los diálogos eruditos. En nuestro tiempo, en cambio, para la mayoría de las personas las jornadas dicen relación exclusivamente con el trabajo, y el ocio pasa a convertirse totalmente en algo complementario a él. Terminada la Primera Guerra Mundial fue reconocido “el derecho al trabajo” y la ONU a través de Declaración Universal de los Derechos del Hombre introduce en su artículo 24 “el derecho al ocio”: “Toda persona tiene derecho al descanso y al ocio, especialmente a una limitación razonable de la duración del trabajo y a vacaciones pagadas” Y en el art. 27 señala: “Toda persona tiene el derecho de tomar parte, libremente en la vida cultural de la comunidad, a disfrutar las artes…” Este último artículo hace mención al “derecho a la cultura”, cuyo ejercicio depende de la existencia del ocio, por tanto ambos artículos están íntimamente relacionados. Después de sucesivas reivindicaciones laborales los trabajadores tienen organizado legal y convencionalmente su jornada laboral.

Es más, después de la Revolución Industrial la fracción de tiempo dedicado al trabajo ha ido disminuyendo sucesivamente.
Hoy, en Estados Unidos se aproxima a las 30 horas, semanales y en Europa son generalizadas las 35 horas; en nuestro país se estandarizan los tres ochos: ocho horas para dormir, ocho para el descanso y ocho para el trabajo. Sin embargo, si la producción aumenta se puede escoger entre la reducción global del trabajo o la posibilidad de aumentar los ingresos personales a través de “horas extraordinarias” para acceder a mayor poder de consumo y así optar a “mejorar la calidad de vida”.Sin embargo, la fórmula, según el sociólogo francés Jean Fourestier, debería ser al revés, es decir, optar por la reducción del tiempo dedicado al trabajo es “sacrificar el nivel de vida al género de vida”. El ocio existe. El problema que se plantea es la utilización del mismo.

Valorarlo en su real dimensión. Volverlo a ser parte substancial de la vida cotidiana. Porque allí se encuentra el espíritu humano. Es allí donde ejerce el alma.

Opus et labor

“La cultura sin obras es una cultura muerta y el tiempo del ocio es el tiempo de la obra”
( Marcel Hicter: 1967).
Frente los avances tecnológicos que trae consigo la modernidad, el tema del tiempo libre cobra vigencia al nivel de cientistas sociales pues supone una nueva organización del quehacer ciudadano, conscientes que las tendencias actuales de la sociedad son esperanzadoras y a la vez nefastas, dependiendo de su utilización inteligente o errónea que tienda a llevar al hombre a lo sublime o a su total degradación.

Hugo Uyterhoeven señala que “el conjunto de nuestra sociedad moderna tiene algo de artificial; no aprecia la personalidad del hombre” que el régimen técnico “funcionaliza” las relaciones humanas; que el sistema no considera al hombre como persona sino que lo fragmenta en personalidades múltiples: cliente, consumidor, paciente, peatón, jubilado, contribuyente, lector, automovilista, funcionario, etc. “Actualmente, todo ser humano vive por ello varias vidas, no representando ninguna de ellas.

Es por esto por lo que pueden explicarse igualmente el vacío interior de la vida moderna y la soledad del hombre.” Y enfatiza que si el hombre en el trabajo no realiza más que un aspecto de su ser, el de homo faber, ocurre de forma muy diferente durante el ocio, homo ludens, donde se manifiesta la totalidad de su personalidad, donde puede elegir libremente sus actividades con vistas a la expansión o la destrucción de su personalidad. Por último, advierte que “Debemos constatar que nuestra civilización sufre mutilaciones.

Se hacen sentir insuficiencias y lagunas que se caracterizan entre otras cosas por una mecanización de fórmulas del pensamiento; por un conformismo creciente de opiniones y por un culto peligroso y degradante a la rentabilidad”. De esa manera, se va desperfilando aquel hombre crítico que tiene su propia opinión respecto de los acontecimientos de su tiempo y se suma a un hombre masa que teme a las nuevas ideas y a la divergencia. Por autotelia desaparece la creatividad.

Ocio y desarrollo humano

La vivencia del ocio no es necesariamente aquel momento del reposo o del placer frívolo, si bien puede en ciertas ocasiones ejercerse justamente por cansancio o fatiga proveniente de una pesada jornada laboral.

Nuestro concepto de ocio se aparta de la simplista acepción de “ociosidad” por ser ésta una práctica débil e incompleta. La experiencia del ocio es una vivencia integral relacionada con el sentido de la vida y los valores de cada uno, coherentes con todos ellos.

El ocio es signo de desarrollo social. Mario Cuenca, Director del Instituto de Estudios de Ocio, de la universidad de Deusto, en Bilbao, señala que “una experiencia de ocio tiene un carácter totalizador propio de las vivencias unitarias e individualizadas transformándose en una experiencia personal y aumentando sus posibilidades de incidir en el desarrollo humano”. La experiencia del ocio aporta afirmación de la personalidad, disfrute y reconocimiento de sí mismo y por sobre todo motivos de unión con los otros.

Es una experiencia de encuentro, intensa, vital y profunda no ausente de actividad, sino al contrario, que invita a la acción sumergiéndose en aquellas áreas de nuestra personalidad que exigen su revelación. “El ocio es el tiempo en el que cada uno podrá hacer florecer su flor y, finalmente llegar a convertirse en el individuo total que los imperativos del pan cotidiano y los azares de la vida le han impedido ser. Es el momento de la marcha hacia sí mismo, hacia el expansionamiento de cada ser, hacia la práctica de la cultura” (Marcel Hicter:1968)

*La autora es licenciada en Comunicación Social, profesora de Educación Musical y master en Gestión Cultural

 

   
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